Claude Monet 1867

La jardinería y la mujer.

Las autoras del libro “Las mujeres que aman las plantas”, Claudia Lanfranconi y Sabine Frank, sostienen que la mujer como jardinera aparece continuamente en mitos y textos antiguos. Hera, las Hespérides, Flora, Afrodita y Venus, fueron diosas y ninfas que tuvieron un jardín por el que pasear.

Desde la Antigüedad, las mujeres han demostrado tener una sensibilidad muy particular hacia los jardines. Por desgracia, tras la caída del Imperio romano iba a suponer un larguísimo paréntesis durante el cual la idea de jardín como expresión artística iba a desaparecer, y con ella el papel predominante de las mujeres en su creación. Hay que esperar hasta el Renacimiento para que mujeres de la realeza o de la alta nobleza puedan dedicarse de nuevo a este arte tan sutil. Los jardines se convierten así en lugares de autorrealización donde la sensibilidad femenina puede expresarse con la libertad de la que carecían en otros ámbitos de la expresión artística. En esta obra se rinde un especial homenaje a todas las mujeres que convirtieron la jardinería en un arte para grandes soberanas como Catalina de Médicis o la duquesa de Osuna, a las primeras jardineras, diseñadoras, pintoras y coleccionistas de plantas, pero también a muchas escritoras, como Beatrix Potter o Elizabeth Armin, para las cuales el jardín era un lugar ideal para descansar y un símbolo de amor y libertad

La idea de que el jardín es lugar de mujeres se extiende por toda la historia de la civilización hasta el presente. Sin embargo, si bien la jardinería se ha considerado un entretenimiento propio de estas, era:

“considerado más como pasatiempo destinado a realzar los encantos femeninos que como algo serio: la mujer elegante brillaba aún más en medio del esplendor de un jardín florido, y el jardín resaltaba más todavía cuando sus cuidados revelaban una mano femenina. Estaba bien visto que las féminas cortasen flores o dedicaran parte de su tiempo a la herborización, pero había que protegerlas a toda costa de un trabajo físico duro y de conocimientos científicos demasiado profundos.” 

Esto comenzó a cambiar en la primera mitad del siglo XIX, cuando escritoras inglesas como Jane Loudon y Louisa Johnson publicaron libros de jardinería dedicados a las mujeres. En 1837, Louisa Johnson publicó un libro con el título Cada mujer es su propia floricultora en el que exigía educación en jardinería para las mujeres: “queremos saberlo todo por nosotras mismas”. Algunos años más tarde, en 1841, Jane Loudon publicó Practical Instructions in Gardening for Ladies. En palabras del escritor Bill Bryson:

“Era el primer libro de cualquier tipo que animaba a la mujer de clase alta a ensuciarse las manos e, incluso, a tener un débil brillo provocado por la transpiración. Resultaba algo novedoso, hasta llegar casi al erotismo. Gardening for Ladies insistía valientemente en que las mujeres podían ejercer la jardinería sin necesidad de supervisión masculina siempre y cuando tuvieran en cuenta unas mínimas y sensatas precauciones (…) El valor de Gardening for Ladies no fue tanto lo que contenía como lo que representó: el permiso para salir al exterior y hacer alguna cosa. Llegó exactamente en el momento adecuado para captar la imaginación de la nación. En 1841, las mujeres de clase media estaban aburridas a más no poder de la rigidez que envolvía su vida y agradecían cualquier sugerencia de diversión.” 

Para finales de siglo, las primeras escuelas femeninas de jardinería se crearon en Estados Unidos (1870) y en Inglaterra (1891). Después de siglos de formación autodidacta, las mujeres de estos países pudieron recibir formación profesional en este campo por primera vez y convertirse en profesoras, jardineras y paisajistas.

Quienes no optaron por hacer de la jardinería su vida y su trabajo, es decir las mujeres de clase media y alta en general, eran motivadas a realizar actividades de jardinería liviana como un medio de ejercicio saludable y una forma de promover la salud espiritual sin cuestionar la noción del delicado ángel del hogar mediante tareas pesadas, las cuales eran relegadas a los jardineros. Dado que el jardín se encuentra en torno a la casa, se consideraba que la jardinería y la herborización formaban parte de las actividades domésticas y, por lo tanto, de las tareas asignadas a las mujeres. 

La jardinería y la relación con el jardín ha sido distinta según la clase social a la que cada mujer pertenecía, tanto por el tamaño del jardín, sus usos y el trabajo en este. En general, las mujeres de clase alta y media contrataban a jardineros para que se ocupen de él, mientras que las de clase trabajadora lo cuidaban ellas mismas. El jardín desempeña un papel como indicador social al indicar tamaño, moda, estilo y posibilidad de contratar trabajadores.

 

 

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